¡Somos el 99%! Zucotti Park, New York, 2011
José Luis Rénique
“Nos llaman soñadores. Los soñadores son ellos,
que creen que las cosas pueden  seguir igual eternamente.
Nosotros somos el despertar.
El despertar de una terrible pesadilla”.
       Slavoj Zizej en Zucotti Park, octubre 9, 20111

I

Enclavado en el distrito financiero, el Zucotti Park es un rectángulo de escasos 3,100 metros cuadrados, una suerte de oasis en medio de la jungla de rascacielos del extremo sur de Manhattan equidistante entre la Bolsa de Valores y lo que fueran las torres gemelas. Pocos neoyorquinos conocían su nombre hasta el 17 de septiembre último, cuando se convirtió en el escaparate de un movimiento que ha venido desenvolviéndose en tres ámbitos básicos: (a) la “ocupación” propiamente dicha manejada, (b) una red de apoyo que sustenta a la primera con vitales recursos materiales y apoyo de masas, y (c) una eficaz acción comunicativa que ha multiplicado el impacto del movimiento a través de los EE. UU. y el mundo; de hecho, 20,000 de los 50,000 dólares recibidos como donación durante el primer mes de la ocupación han sido dedicados a la compra de equipo electrónico.
 
Imprescindible considerar la interacción entre sus tres niveles para comprender el conjunto. Crucial, por ejemplo, la masiva reacción del 24 de septiembre a la represión de siete días antes a raíz de la primera movilización de los “ocupantes” hacia el centro de la ciudad. Si la primera había ocasionado 80 arrestos, 700 produciría la segunda, cuando una masa de varios miles intentó bloquear el vital puente Brooklyn. Más aún, la solidaridad generada por la represión coadyuvaría a reforzar la “ocupación” que hacia su tercera semana lucía como una vibrante y bien organizada ciudadela de insoslayable sabor setentista.
 
A esas alturas, al compás de la protesta, como si súbitamente se hubiese descorrido un velo mental, “descubrían” los norteamericanos que en las propias entrañas de su nación anidaban gérmenes insoslayables de “tercermundización”.
Tres comentarios ayudan a delinear el impacto del Occupy Wall Street (OWS) en el escenario local. De la condescendencia inicial es representativo un artículo del columnista del New York Times Nicholas Kristoff, quien, a inicios de octubre —impresionado por el carácter “tontorrón” de sus eslóganes, según dijo— aconsejaba a los “ocupantes” concentrarse en algunos objetivos relativos a la regulación del sistema bancario o en promover mayores cargas impositivas para los ricos. Qué mayor éxito para un variopinto grupo de manifestantes juveniles —concluyó— que ayudar a introducir una “dosis de accountability y equidad en nuestro sistema financiero.”2 Desde las páginas de Dissent, por su parte, Mark Engler observaría que, a pesar de tratarse de un grupo relativamente pequeño de elementos independientes —mayormente anarquistas y activistas estudiantiles sin capacidad de atraer a los “principales actores institucionales de la izquierda local”—, el mensaje de OWS había logrado atraer la atención no solo de los medios alternativos, sino también del mainstream periodístico.3  A inicios de noviembre, finalmente —en el New York Review of Books—, Michael Greenberg comentaría que su “vaguedad” y su “carácter abierto” —bien sintetizadas en su eslogan “Somos el 99 por ciento”— le había permitido galvanizar la reacción contra la profundización de la desigualdad verificada en los últimos años en los EE. UU.4
 
Efectivamente, el 15 de octubre —cuando se produjeron manifestaciones en 900 ciudades alrededor del mundo inspiradas por la toma newyorquina— alcanzaba el OWS su punto más álgido. En Manhattan, entretanto, miles de personas tomaron por varias horas la célebre Times Square, mientras nuevas “ocupaciones” se producían a través del país: Chigago, Detroit, Los Ángeles, Boston, etc. Para ese entonces, el propio presidente Obama —en evidente guiño electoralista— había expresado cierta simpatía por el movimiento.
 
A esas alturas, al compás de la protesta, como si súbitamente se hubiese descorrido un velo mental, “descubrían” los norteamericanos que en las propias entrañas de su nación anidaban gérmenes insoslayables de “tercermundización”. Tres cifras pueden ilustrar los sentimientos de miedo e indignación que han encontrado en OWS una válvula de escape: (a) los 6.66 millones puestos de trabajo que, según una reciente estimación, tendría que generar la economía norteamericana para volver al punto en que se encontraba en noviembre de 2008, cuando el colapso de Lehman Brothers marcó el inicio de la debacle; (b) la crisis de los préstamos estudiantiles, esos US$ 20,000 que en promedio debe cada graduado del college y (c) el engrosamiento —a contramano del fuerte deterioro de los estándares de vida mesocráticos— del ingreso de los trabajadores del sector financiero, que en promedio, hacia 2006, llegaba a ser superior en 70% a los del sector privado. Desde la Gran Depresión de 1929 no se vivía algo así en este país. Y, sin embargo —acaso porque la elección de Obama contuvo inicialmente la reacción—, ninguna respuesta colectiva significativa —más allá de algunas intensas pero aisladas luchas salariales— tendría lugar hasta septiembre 17 de 2011.
 
II
 
Sembrado de las carpas a que el clima otoñal obliga, a fines de octubre ha perdido el parque la vistosidad de sus días iniciales, cuando se podía pasear por su interior con cierta comodidad. Caminamos con dificultad por la vía principal a la que un letrero identifica como Bakunin Avenue: a su vera, la biblioteca, la zona de alimentación, el centro de comunicaciones, de prensa, etc. mantienen la animación a pesar de la precoz nevada del día anterior. “¿Resistirán al invierno?”, pregunto al joven “ocupante” que reparte volantes al lado de los percusionistas; “de aquí no nos mueve nadie”, responde, informándome, asimismo, que entre 300 y 400 personas duermen ahí cotidianamente.
 
Más que la escena de una protesta de puños en alto, aparece como una suerte de instalación cuyo más innovador aspecto no es otro que la democracia horizontal, consensual y antijerárquica.
Reviso de vuelta a casa los volantes que durante mi visita a la “ocupación” he recolectado. Ni elaboradas caracterizaciones de la sociedad ni elucubraciones programáticas encuentro ahí, apenas una sucinta autodefinición (“Somos un movimiento por la democracia sin líderes impulsado por el pueblo” inspirado en el levantamiento egipcio de la plaza Tahrir y en las “acampadas” de los indignados españoles) proseguida de una declaración de amplia apelación (a aquellos que, en todo el mundo, se sientan “agraviados” por la acción de las corporaciones que “corrompen nuestro sistema, atropellan nuestros derechos y extraen sin nuestro consentimiento la riqueza de la tierra”). Y, a continuación, un recuento histórico narrado en clave dadaísta, en términos de exitosos twits y pósters convenientemente sexys (como aquel de septiembre 17 que anunciaba el inicio de la ocupación: una delicada ballerina sobre la estatua del toro furioso, el testosterónico tótem del distrito financiero newyorquino). Concluyo —con Michael Greenberg— que, más que la elaboración ideológica propia de “un movimiento populista convencional”, el discurso de OWS tiene el sabor de un producto “cocinado en una clase universitaria de lingüística” . Un refinado producto intelectual que, combinado con dosis de anarquismo, hacktivismo a lo WikiLeaks, las teorías de Guy Debord —el célebre autor de “La Sociedad del Espectáculo”— y los situacionistas del París de Mayo 68, habría resultado en un potente coctel que en el parque Sukotti desplegaría su más acabada performance.
 
El show de la ocupación —observable en tiempo real desde cualquier parte del mundo— sigue siendo el núcleo del movimiento, el espacio de producción de las imágenes que seducen a millones de jóvenes a través de la aldea global. Más que la escena de una protesta de puños en alto, aparece como una suerte de instalación cuyo más innovador aspecto no es otro que la democracia horizontal, consensual y antijerárquica —simbolizada, sobre todo, por la cotidiana asamblea con “micrófonos humanos” que se ha convertido en el sello característico de la ocupación— diseñada para garantizar el máximo nivel de participación.
 
III

Crecido entre Lima, New York y Ginebra, estudiante de último año de secundaria en un exclusivo colegio de Manhattan, Martín Blondet ha participado en OWS desde su inicio. Es, a pesar de su juventud, un activista veterano. Habla entusiasmado de lo que ve como la clave del movimiento: su método horizontal de toma decisiones que garantiza una amplia y real participación y, al mismo tiempo, una gran eficacia, en la medida que hace posible sólidos consensos y mucha identificación con las decisiones tomadas. Un método que, a su parecer, hace factible la existencia de un tipo de movilización que no requiere ni de líderes ni de una cierta lista de demandas, porque ha encontrado la manera de expresar el sentimiento de sus adherentes y, por ende, un grado inédito de legitimidad. Una dinámica que no tiene límites, ni sectoriales, ni geográficos.
 
La asamblea es su cimiento fundamental. No hay director de debates, sino meros “facilitadores” elegidos, asimismo, democráticamente. Un cierto código gestual hace posible un control desde la base de la discusión, lo que elimina la manipulación, la palabrería innecesaria, “como la democracia griega de la que hemos estado hablando en clase de filosofía”. Se usan gestos para controlar la palabra, explica Martín, para expresar, por ejemplo, la sensación de que el curso del debate se ha salido de cauce o para demandar la participación de las minorías. Tras varias intervenciones de “hombres blancos”, por ejemplo, la asamblea puede exigir “variedad.” Basta ir a You Tube para empaparse de este lenguaje que con notable presteza se ha reproducido a través del país.5
 
¿Cómo puede reproducirse un movimiento sin programa, sin estructura organizativa, sin una identidad ideológica? Recordando una expresión que escuchó en una de las primeras asambleas celebradas en Zucotti Park, responde Martín: “Nuestra demanda es la ocupación”. Dicha afirmación, a su parecer, subraya que, en el contexto del largo proceso “hacia lo que todos queremos” —o sea “un mundo más igualitario, sin explotadores, con un sistema económico basado en el bienestar de la gente más que en la ganancia financiera”—, la “acción directa” y la puesta en escena del tipo de comunidad que se quiere construir explican mucho más que cualquier discurso prefabricado. El modelo es el mensaje en suma: un modelo visual más que un cierto mensaje ideológico. “Los “ismos” —continúa Martín— son parte del problema”. Porque —continúa— si partimos de que el capitalismo “no es solamente un sistema económico, sino una cultura, una manera de pensar”; si comprendemos, por ende, “que el mayor sostén del capitalismo es la aceptación de la idea de que nada puede cambiar”, ¿qué puede haber más político que ejecutar un modelo de acción que remueva las conciencias, que generar un diálogo sobre lo que ocurre, sobre lo que queremos, sobre nuestras necesidades y nuestras expectativas, “retando al individuo común a pensar que su vida puede ser diferente”?
 
Un reto, por ende, “a la sociedad entera”, diferente del representado por los sindicalistas de la AFLC-CIO que se suman al OWS tras la toma del Zucotti Park, y a quienes Martín ve como activistas “acostumbrados a hacer protestas limitadas por una cierta demanda: “Van a su marcha permitida y después se termina todo”. Acostumbrados a sus organizaciones de tipo “jerárquico” —continúa—, les intimida participar en un “movimiento espontáneo en que cualquier cosa puede pasar, en que cualquier persona puede intervenir”, que delibera permanente y masivamente, en suma, sobre el curso que debe seguir en la perspectiva de la lucha por sus objetivos mayores. Y, sin embargo —subraya Martín—, ahí están apoyándonos, contribuyendo de manera muy importante al sostenimiento de la ocupación. Los militantes políticos, igualmente, se suman con sus propios aportes. Los comunistas, por ejemplo —observa Martín—, me hablan de las movilizaciones obreras de los años treinta o de las brigadas internacionales en la Guerra Civil española. Importantes lecciones, por cierto, las que no debieran implicar que “la historia determina qué es posible y qué no es posible”, como siente que piensan algunos militantes. Si bien es cierto —concluye— que “hay que tomar lo mejor de esas experiencias”, más importante es pensar “cómo romper esas barreras de la historia”.
 
 IV
 
¿Protesta o movimiento? ¿Marca OWS un punto de quiebre en la historia de los movimientos sociales? ¿Cuál es la proyección de la renovada democracia de bases desplegada en el Zucotti Park? Aludiendo a la vieja tradición populista norteamericana, algunos ven al OWS como la contraparte izquierdista del conservador Tea Party surgido a inicios de 2009. Expresiones que, históricamente, no han logrado trascender el marco bipartidista. Así, si aquel ha derivado en el Partido Republicano, la incorporación al Partido Demócrata de este último es destino inevitable.
 
Aludiendo a la vieja tradición populista norteamericana, algunos ven al OWS como la contraparte izquierdista del conservador Tea Party surgido a inicios de 2009. Expresiones que, históricamente, no han logrado trascender el marco bipartidista.
Otros, sin embargo, ven al OWS como un fenómeno “inconscientemente anarquista”, capaz de resistir y superar, por ende, el asedio de los aparatos políticos y sindicales del bipartidismo controlado por los intereses corporativos. Para un connotado intelectual anarquista local —el antropólogo David Graeber—, más aún, OWS ha significado un verdadero despertar de la “imaginación radical”. Dinámica propulsada por la “desafiante autoafirmación” de una generación que, tras hacer “exactamente lo que se les dijo que debían hacer” —estudiar, graduarse, aspirar a más—, termina confrontando la humillante posibilidad de una vida de morosos en una sociedad en que tener buen crédito es la prueba última de respetabilidad. Un contingente juvenil y bien educado cuya indignación lo lleva a repensarlo todo —la naturaleza del mercado, del dinero, de las deudas, preguntándose en última instancia cuál es el sentido de la “economía”—, y que, en esa lógica, suscita un debate que debió ocurrir en un 2008 que la inercia y el miedo —y acaso la fe desmesurada en lo que Obama pudiese hacer— terminaron por bloquear.6
 
Imposible saber si para cuando estas líneas se publiquen siga en pie la ocupación del inesperadamente célebre Zucotti Park. Solo entonces podremos comenzar a saber cuán profunda ha sido la huella dejada por la audacia juvenil que aquella tarde de verano decidió convertirlo en el tinglado para escenificar sus sueños.

* Estudió Historia en la Pontificia Universidad Católica del Perú y en la Universidad de Columbia, Nueva York. Actualmente es profesor principal en City University of New York.
1  http://www.youtube.com/watch?v=32ShKRjLN3M
2 “The Bankers and the Revolutionaries”, http://www.nytimes.com/2011/10/02/opinion/sunday/kristof-the-bankers-and-the-revolutionaries.html
3 “Five Things That OccupyWallStreet Has Done Right”, http://www.dissentmagazine.org/atw.php?id=563
4 “In Zucotti Park”, http://www.nybooks.com/articles/archives/2011/nov/10/zuccotti-park/
5  “Occupy Wall Street-Hand signals”, http://www.youtube.com/watch?v=2xV3zTlgu3Q
6  “Occupy Wall Street rediscovers the radical imagination”, http://www.guardian.co.uk/commentisfree/cifamerica/2011/sep/25/occupy-wall-street-protest
Este artículo debe citarse de la siguiente manera:
 
Rénique, Jose Luis . “¡Somos el 99%! Zucotti Park, New York, 2011”. En Revista Argumentos, año 5, n° 5. Noviembre 2011. Disponible en http://revistargumentos.org.pe/fp_cont_1212_ESP.html ISSN 2076-7722

 
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